
La Batalla de Alarcos
¿Cuándo?
El 19 de Julio de 1195, apenas tres días después de que las tropas almohades llegaran a las inmediaciones de Alarcos.
¿Dónde?
La batalla tuvo lugar en las inmediaciones de la fortaleza de Alarcos, aún en construcción, que se situaba en una colina regada a sus pies por el río Guadiana, cerca de la actual Ciudad Real.

Participantes
– Imperio Almohade, dirigido por el propio Califa Abu Yaqub Yusuf, estaba compuesto de seis facciones principales con sus propios comandantes:
- Almohades: El grupo más numeroso y leal al Califa, procedentes de diversas tribus y grupos del reino marrroquí entre los que destacaban los hintatas al mando de Abu Yahya y los benimerines al mando de Abi Bakr. Poseían una formación heterogénea, pero incluían una poderosa caballería pesada.
- Andalusíes: Comandados por el caíd Ibn Sanadid. Aunque no eran tan numerosos, conocían muy bien las estrategias y los ejércitos cristianos, por lo que resultaban muy valiosos.
- Árabes: Su líder era Yamun ben Riyah. Eran la segunda facción más numerosa, tras los propios almohades. Procedían mayoritariamente de las tribus beduinas y destacaban como caballería ligera con lanza y espada.
- Guzz: Guerreros turcos o kurdos, posiblemente una parte eran mercenarios. Extraordinarios arqueros a caballo, utilizaban arcos compuestos temibles para las defensas de los caballeros cristianos.
- Voluntarios de la Fe: Dirigidos por Abu Yazir, eran musulmanes fervorosos, incluso fanáticos, que podían o no contar con formación militar y que se unían por voluntad propia a la hueste del Califa.
- La mesnada de Pedro Fernández de Castro: En 1194 se había desnaturalizado de su señor, Alfonso IX de León, y decidió pactar su apoyo a los almohades, probablemente debido a su enemistad con Alfonso VIII de Castilla. Contaban con una buena infantería y caballería pesada.
– Hueste castellana, bajo el mando del rey Alfonso VIII de Castilla, que no aguardó la llegada del total de sus nobles leales ni de sus aliados de los reinos de León, Aragón y Navarra. Su ejército se componía principalmente de:
- Caballeros leales al Rey: Un heterogéneo grupo de nobles y caballeros de diferentes estratos que formaban la «guardia» que habitualmente protegía al monarca y solían permanecer cerca del mismo. No eran especialmente numerosos, pero sí bien entrenados, equipados y muy leales, mayoritariamente caballería pesada.
- Mesnadas de los Nobles: Ejércitos reunidos por los señores que rendían vasallaje o lealtad al rey castellano, formados por caballeros, infantes y mercenarios, así como las levas de sus tierras. A Alarcos acudieron numerosos señores, como Diego López de Haro, Señor de Vizcaya; Ordoño García de Roda; Pedro Rodríguez de Guzmán, mayordomo mayor de Alfonso VIII; el Conde D. Pedro, Señor de Molina; los Obispos de Ávila, Segovia, y Sigüenza y muchos otros.
- Tropas de los Concejos: Grupos no profesionales y desigualmente equipados, pero muy temibles en algunos casos. La obligación de enviar tropas al rey dependía de los fueros y concesiones de cada lugar, pero algunas, como las de Extremadura y Ávila, fueron numerosas y acumulaban mucha experiencia en la lucha contra los musulmanes.
- Las Órdenes Militares: Piedra angular de la vanguardia y la retaguardia de los ejércitos cristianos desde hacía ya cierto tiempo, a Alarcos acudieron muchas de las Órdenes con presencia en la zona. Poseían buena equipación, preparación y una marcada disciplina. La Orden de Calatrava acudió al mando de su Maestre D. Nuño Pérez de Quiñones, llevaban consigo algunos perros que causaban estragos en las tropas enemigas. La Orden de Santiago, también dirigida por su propio Maestre D. Gonzalo Rodríguez, recién nombrado. La Orden del Temple envió algunos caballeros y los Freires de Trujillo se unieron a la batalla bajo el estandarte de los de Calatrava. Incluso la Orden de Évora, procedente del Reino de Portugal, envió un grupo al mando del Maestre Gonçalo Viegas, que se puso también bajo el estandarte de Calatrava. Probablemente hubo presencia menor de otras Órdenes como los Fratres de Ávila.
En cuanto al número de las tropas, no hay acuerdo sobre ello entre los historiadores actuales, ya que las crónicas medievales habitualmente los maquillan y redondean a conveniencia. Algunos autores sugieren una aproximación de 30.000 para el ejército almohade y más de 20.000 para los castellanos. Lo único seguro es que los musulmanes superaban ampliamente en número a sus rivales. En cuanto a las bajas al término de la batalla, tampoco hay números consensuados, la derrota cristiana sugiere que sus bajas debieron ser muy numerosas, pero seguramente, debido al tipo de tropas y estrategia, las bajas musulmanas fueran también muy numerosas, quizá incluso mayores. En todo caso hay mucha variedad en cuanto a las estimaciones.
Antecedentes
Entre 1144 y 1147 el nuevo Imperio Almohade tuvo que reprimir las revueltas de varios reyes taifa de Al-Andalus, cuyo territorio habían adquirido al apoderarse del reino de los almorávides. Tras pacificar sus territorios en el norte de África, en 1150 pasan definitivamente el Estrecho y el Califa deja a su hijo, Abu Yaqub Yusuf, como gobernador de Al-Andalus, aunque aún pasarían varios años combatiendo las insurrecciones. Especialmente cruenta fue la guerra contra Muhammad Ibn Mardanis «el Rey Lobo», autoproclamado Emir de Murcia, que duró de 1159 a 1165. En este intervalo Abu Yaqub Yusuf sucedió a su padre en el trono. Tras la derrota de Ibn Mardanis, el avance de los almohades fue casi imparable en la zona de Levante y a continuación se dedicaron a asegurar sus fromteras, lanzando aceifas contra las poblaciones cristianas de vez en cuando.
Los reinos cristianos tampoco permanecieron impasibles, la debilidad de los antiguos reinos taifa impulsó que muchos de ellos fueran conquistados total o parcialmente por estos. También intentaron frenar el avance almohade, incluso enviando tropas a reyes como Ibn Mardanis, sin mucho éxito. A menudo los conflictos entre los propios reinos cristianos eran una mayor preocupación que la amenaza almohade, por lo que se firmaron treguas con estos en diferentes momentos. Especialmente entre 1190 y 1192 casi todos los reinos cristianos estaban en paz con los almohades a causa de estos pactos.
En 1194 Alfonso VIII de Castilla da por terminada la tregua con Abu Yaqub Yusuf y decide reiniciar las hostilidades contra los almohades, aprovechando la reciente paz con el Reino de León. Los castellanos lanzan varios ataques hacia el sur, de los que los más importantes fueron las incursiones comandadas por el Arzobispo de Toledo, Martín López de Pisuerga, y con presencia de la Orden de Calatrava, que llegaron hasta Sevilla causando graves daños. Sólo los de Calatrava se llevaron consigo más de 300 cautivos, ganado y una gran cantidad de bienes valiosos.
En respuesta a estos ataques, Abu Yaqub Yusuf reclutó un gran ejército con el que cruzó el Estrecho el 1 de Junio de 1195. Llegaron a Córdoba en torno al día 30 y el 4 de Julio se disponían a alcanzar el puerto de Muradal, tras lo que alcanzaron fácilmente la explanada ante el castillo de Salvatierra, propiedad de la Orden de Calatrava, masacrando a las patrullas de la zona. Acamparon en el paso de El Congosto primero, donde decidieron su estrategia y dividieron el ejército en dos partes, vanguardia y retaguardia, y desde allí avanzaron hasta las inmediaciones de Alarcos, dejando la impedimenta a salvo atrás antes de formar a tiro de «dos flechas» según fuentes árabes del ejército cristiano.
Conociendo el avance de los almohades, Alfonso VIII había contactado con los reyes de León, Navarra y Aragón y con otros posibles aliados para reunir una gran fuerza con la que hacerles frente. Reunió su mesnada en Toledo y partió hacia la ciudad y fortaleza en construcción de Alarcos, de camino se le unieron las mesnadas de las Órdenes de Santiago y Calatrava. Acamparon en el cerro donde se situaba la fortaleza de Alarcos, aún sin terminar por completo, cerca también de la población homónima cuya muralla estaba sin acabar también.
Poco después de su llegada a Alarcos, sus exploradores avistaron a los almohades el 16 de Julio de 1195. Alfonso VIII quiso plantar batalla el 18 de Julio, sin esperar la llegada de la hueste leonesa ni de los navarros, así como otros de sus aliados. Pero Abu Yaqub rehusó, prefiriendo esperar la llegada de algunas de sus tropas rezagadas, y fue el 19 de Julio cuando los almohades formaron filas frente a los castellanos.

La batalla
Despliegue:
No existe plena certeza del terreno exacto donde se desarrolló el despliegue de la batalla, pero lo más probable es que fuera en la zona de 9 km2 entre el cerro alto donde se encontraba la fortaleza de Alarcos y la zona del actual municipio de Poblete, limitado al Oeste por el río Guadiana y al Este por el antiguo camino romano.Las formaciones de batalla aquí ofrecidas son las más probables según numerosos estudios, como los de García Fitz, Huici Miranda y Martínez Val, pero tampoco existe plena certeza sobre ellas.
Sea como sea, al amanecer del 19 de Julio de 1195 las tropas del Califa Abu Yaqub Yusuf ya se encontraban desplegadas a corta distancia de Alarcos. Los arqueros formaron delante, con los Guzz a caballo en primera línea y los que iban a pie detrás, protegidos por los voluntarios. El cuerpo central estaba formado por los Hintata bajo el mando del Visir Abu Yahya, con un frente de lanceros con escudos, otro de infantería con jabalinas y una tercera fila de honderos. Una vez se hubieran producido las primeras descargas, los arqueros de la vanguardia se ocultarían en este cuerpo central. Seguramente el flanco derecho estaba conformado por los andalusíes, mientras que el izquierdo aglutinaba a los Zenata y otras tropas magrebíes. El Califa con sus guerreros almohades y los refuerzos ocupaban la zaga, el cuerpo más retrasado. Antes del comienzo de la batalla, el líder musulmán arengó a sus tropas con suras coránicas.
Los castellanos se vieron sorprendidos por la formación de los musulmanes, que habían eludido la batalla las jornadas previas, y tuvieron que aprestarse rápidamente al combate, formando sus filas y bajando del cerro de la fortaleza. La vanguardia estaba formada por la caballería pesada dirigida por Diego López de Haro. Tras esta, el cuerpo central del ejército, con las milicias concejiles y los caballeros de las mesnadas obligatorias en los flancos según algunos expertos. La retaguardia, utilizada principalmente para proteger el retroceso de los caballeros en caso necesario, estaba formada por la infantería. El Rey, con una reserva de caballeros, se habría quedado más atrás en una zona elevada. 
Primera fase:
Los primeros en atacar fueron los caballeros de la vanguardia cristiana, que cargó contra sus enemigos. Esta primera carga no tuvo éxito, ya que les recibieron las descargas de flechas y proyectiles de las primeras filas musulmanas, frenando su avance y obligándoles a retroceder y reorganizarse. Es posible que lanzasen una segunda carga fallida, pero lo que es seguro es que en la siguiente ocasión la vanguardia almohade debía haber cedido el sitio a la infantería, aunque los Guzz aún seguirían hostigando con su estrategia de avance y retroceso constante mientras disparaban sus arcos. Esta tercera (o segunda) carga logró romper la línea de los musulmanes y causó muchos estragos entre las filas de los Hintata, incluída la muerte del Visir Abu Yahya.
Una vez perdida la inercia de la carga inicial, los caballeros cristianos se giraron hacia uno de los flancos para atacar a los voluntarios y causar un gran número de bajas. Los musulmanes no se arredraron de todos modos, resistiendo sin romper las formaciones como esperaban los castellanos. Las horas pasaban y el calor y el cansancio se volvían contra los caballeros bajo sus pesadas armaduras.
Segunda fase:
Viendo que los cristianos estaban causando tantas bajas, el propio Califa avanzó casi en solitario para exhortar a sus tropas y, según los cronistas musulmanes, esto enardeció sus espíritus y se lanzaron a luchar con el mayor ahínco. El monarca almohade ordenó cambiar de estrategia y lanzar un doble movimiento envolvente sobre los cristianos. La movilidad de los musulmanes, especialmente los Guzz, era mucho mayor que la de los caballeros cristianos, que no tenían espacio para cargar y atacar adecuadamente al estar envueltos entre el cuerpo central del ejército enemigo.
Los Guzz y demás arqueros y ballesteros acosaron constantemente a los cristianos cuando trataban de volver grupas y cada vez llegaban más refuerzos de entre los que los musulmanes habían diseminado en la línea del río.
Tercera fase:
Tras verse envueltos por los musulmanes, los caballeros cristianos empezaron a caer más rápidamente, sin encontrar la forma de volver a salir del cuerpo del ejército enemigo. Viendo esto, Alfonso VIII decidió intentar abrir una brecha por la que pudieran retirarse y se lanzó al combate con sus caballeros, atacando un flanco del ejército musulmán. Sin embargo, el monarca almohade fue advertido de este movimiento y se lanzó también a la batalla, haciendo que desplegaran sus estandartes para que todos pudieran verlos. Tanto los musulmanes como los cristianos redoblaron sus esfuerzos.
Por orden del Califa, la última reserva almohade, parapetada en secreto tras una colina, se desplegó y se unió a la batalla. Alfonso VIII se dio cuenta de que la batalla estaba perdida, pero se resistió a huir. Los cronistas de la Orden de Calatrava afirman que quiso seguir combatiendo y aseguró que prefería morir allí que regresar con la afrenta de la derrota a Toledo. Sin embargo, los caballeros más cercanos al monarca acabaron por convencerle de la conveniencia de preservar su vida y acabaron por lograr batirse en retirada hacia la fortaleza de Alarcos. Se trataba de una treta, ya que acto seguido la abandonaron por una puerta trasera y siguieron cabalgando hacia Toledo, apenas dos decenas de caballeros con su Rey.
Diego López de Haro también logró romper el cerco musulmán con algunos de sus caballeros, refugiándose en la fortaleza y preparándose para resistir allí. Portaba la enseña del Rey, de modo que los enemigos pensaran que este aún se encontraba allí. La infantería, que estaba en su mayoría en retaguardia, se retiró a su vez a Alarcos. Los almohades cercaron entonces la fortaleza y los cristianos intentaron alguna cabalgada, sin mucho éxito. Aún morirían bastantes hombres a los pies de la fortaleza, principalmente infantería y arqueros, pero pronto quedó claro que la situación no podría alargarse mucho.
Abu Yaqub Yusuf envió entonces a Pedro Fernández de Castro a negociar la entrega del monarca cirstiano, que creía en la fortaleza, pero al saber por este que había escapado se enfureció. No obstante, permitió que se negociara la libertad de Diego López de Haro y sus notables a cambio de la entrega de doce caballeros como rehenes y el compromiso de que aquel viajase a Marrakus y se entregase como cautivo más adelante.
Consecuencias:
Al día siguiente llegaron a Alarcos los condes D. Álvaro y D. Gonzalo de Lara, yernos de Diego López de Haro, con sus tropas. Pedro Fernández de Castro, enemistado con ambos, intentó hacerles prisioneros, pero se refugiaron a tiempo en la fortaleza y su suegro logró sacarles luego con él, ya entregados los rehenes, haciéndoles pasar por parte de sus caballeros. El resto de cristianos refugiados se pusieron bajo protección de Pedro Fernández de Castro y regresaron a sus hogares más tarde.
Los nobles liberados se reunieron con su Rey en Toledo pocas jornadas más tarde. La noticia de la gran derrota, que había diezmado las tropas castellanas, corrió por todo el Reino y por el resto de los reinos vecinos muy deprisa. Puesto que poco antes se habían perdido las plazas más importantes en Tierra Santa, tras la derrota en las Batalla de los Cuernos de Hattin, muchas voces se alzaron para señalar que se debía a la ira de Dios contra la degradación moral de la cristiandad. El Reino de Castilla se aprestó para defender las valiosas tierras en la ribera del Tajo, dando por perdidas las tierras alrededor de Alarcos.
Los almohades se movieron rápido también, apoderándose de las fortalezas cercanas a Alarcos de inmediato y algunas más en las semanas siguientes. Puesto que gran parte de las tropas se habían nutrido precisamente de las guarniciones de las fortalezas cercanas, los musulmanes se encontraron que muchas de ellas apenas les podían presentar resistencia. Tomaron en poco tiempo Alarcos, la Torre de Guadalferza, Malagón, Benavente, Calatrava y Caracuel, regresando entonces el Califa a Sevilla para celebrar la victoria y recuperarse de las cuantiosas bajas.
Las mayores pérdidas fueron para las Órdenes Militares, pues la mayor parte de las bajas eran caballeros y los freires eran guerreros veteranos cuyo entrenamiento conllevaba años y cuyo equipamiento resultaba muy costoso. Murieron en la contienda o en los días siguientes los Maestres de la Orden de Évora y de Santiago y la de Trujillo perdió muchísimos efectivos. Con diferencia, la Orden de Calatrava resultó la más afectada, pues Alarcos se encontraba en el llamado Campo de Calatrava, donde se encontraban la mayor parte de sus posesiones. Perdieron, entre otras, la fortaleza de Calatrava, su sede principal, viéndose obligados a refugiarse primero en Toledo y luego en sus otras posesiones. Además,las bajas habían sido importantes y era evidente que pronto tendrían que combatir otra vez.
Pero los almohades no fueron la única preocupación para el Reino de Castilla, Alfonso VIII había ofendido a sus aliados al no haberles esperado para el combate y sin duda eso sería utilizado como excusa para iniciar hostilidades. La realidad es que Castilla se encontraba en un momento de debilidad y el resto de reinos cristianos de la Península podrían convertirse fácilmente en lobos hambrientos de sus territorios.

Orden del Temple:
Orden de Santiago:
Orden de Calatrava:
Orden de Évora:
El origen del Reino de Castilla, anteriormente Condado de Castilla, está en el reparto de la herencia de Fernando I «el Magno» de León, quien dividió sus territorios entre sus hijos y elevó el condado a reino para dejárselo a su primogénito, Sancho II de Castilla, en 1065. A la muerte de Sancho II, heredó su hermano Alfonso VI, que ya era rey de León, reunificando ambos territorios.
Alfonso VIII, hijo de Sancho III de Castilla y de Blanca Garcés de Pamplona, había nacido en Soria en 1155. Tuvo una infancia muy complicada a causa del enfrentamiento entre su tutor, Gutierre Fernández de Castro, y el regente Manrique Pérez de Lara. Este arreglo se había ideado para intentar mantener a raya las ambiciones de la Casa de Castro y la Casa de Lara, las de mayor ascendencia sobre el Reino de Castilla en aquel momento, pero no logró evitar la guerra entre ambas y el debilitamiento de Castilla en esos años de inseguridad. Debido a esto, en 1159 Sancho VI de Navarra tomaba Logroño y parte de La Rioja, mientras que Fernando II de León se apoderaba de Burgos. Al año siguiente los Lara fueron derrotados por sus rivales en la Batalla de Lobregal, aunque conservaron al pequeño monarca bajo su custodia, trasladándole a Soria, donde permaneció hasta 1162. Fernando II de León, que apoyaba la causa de los Castro, continuó avanzando y conquistó Segovia y Toledo en ese tiempo, por lo que los Lara tomaron la decisión de entregarle al joven Alfonso. No obstante, la lealtad de un hidalgo que lo puso a salvo en el castillo de San Esteban de Gormaz, lo evitó. Alfonso VIII fue protegido en las villas leales del norte de Castilla en los siguientes años, pasando por Atienza y Ávila, que protagonizaron una férrea defensa del monarca.
Derivado del antiguo Reino de Asturias, tuvo una gran expansión durante el siglo X y XI, unificándose y dividiéndose de los reinos de Galicia y Castilla en los diferentes reinados de sus monarcas durante ese tiempo. En 1065, a la muerte de Fernando I de León «el Magno», este reparte sus territorios entre sus tres hijos Sancho, Alfonso y García, que se convertirán en reyes de Castilla, León y Galicia respectivamente. Tras muchos conflictos entre los tres, y a causa de la muerte de Sancho, Alfonso, convertido en Alfonso VI «el Bravo», reunificará los territorios y se los legará a su hija Urraca I, quien los legará a su vez a su hijo Alfonso VII, tal como ya se ha reseñado. Este, siguiendo la antigua costumbre, dividió de nuevo los reinos entre sus dos hijos, Fernando y Sancho. El primero se convirtió en 1157 en Rey de León como Fernando II.
Badajoz y de paso recuperar sus territorios. En 1169 derrotó a los portugueses, haciendo prisionero a su rey y dejando la plaza de Badajoz a los musulmanes, pero reteniendo Cáceres y varias plazas más tras un tratado de paz con Portugal a cambio de la liberación del rey. En 1170 encargó la defensa de Cáceres a u grupo de Caballeros que luego se convertirían en la Orden de Santiago.
Alfonso fue hijo de Fernando II de León y de Urraca de Portugal, (y por tanto primo de Alfonso VIII de Castilla), nacido en Zamora en 1171. A causa de los intereses de los distintos reinos, sus padres vieron anulado su matrimonio cuando sólo contaba cuatro años. Más tarde su padre se casó de nuevo y, a instancias de su nueva esposa, también llamada Urraca, el joven Alfonso fue expulsado de la corte por su padre. No obstante, no le retiró sus derechos de sucesión y cuando Fernando II murió Alfonso ya tenía diecisiete años y era mayor de edad para aceptar la corona. Pese a tener sus propios partidarios, los manejos de su amdrastra hicieron realmente complicada la sucesión y los reinos de Portugal y Castilla ambicionaban poder repartirse el territorio del Reino de León, mientras los almohades suponían cada vez una amenaza mayor en el sur. Por si esto no fuera poco, se encontró con las arcas vacías y la economía del reino totalmente arruinada por las políticas y campañas de su padre. Necesitado de apoyos, convocó las Cortes de León en el mismo año de 1188 e incluyó en ellas, por primera vez, a los representantes de las ciudades de León, Galicia, Extremadura y Asturias. Nunca antes se habían convocado unas Cortes representativas como aquellas, aunque por supuesto los motivos del monarca eran principalmente económicos. La reina viuda no logró los apoyos necesarios y Alfonso IX sería coronado con todos los honores.
Con diferencia, el reino de creación más reciente, formado con el Condado Portucalense que Alfonso VI creó en 1095 para entregárselo a Enrique de Borgoña, de quien había recibido ayuda en sus campañas contra los musulmanes y con quien había casado además a Teresa de León, una de sus hijas naturales. El nuevo Conde reforzó tanto la economía del territorio como su ejército, mejorando considerablemente las condiciones de vida en una zona constantemente amenazada por los almorávides. A su muerte en 1112, su viuda se hizo cargo de la regencia del feudo durante la minoría de edad de Alfonso, el hijo que les había nacido en 1109. Teresa hizo una buena labor, pero llegado el momento se negó a cederle los derechos al joven Alfonso, lo que acabó enfrentándoles en distintas ocasiones, hasta que las tropas leales a Teresa fueron derrotadas en la Batalla de San Mamede en 1128.
Sancho, nacido en Coimbra en 1154 del matrimonio entre Alfonso I de Portugal y Mafalda de Saboya, empezó muy pronto a representar a su padre (se le menciona con sólo tres años en un concilio), fue educado como heredero y preparado para ejercer responsabilidades de gobierno desde la infancia. Ya en 1168 aparece al mando de un ejército que Alfonso I envía contra su yerno Fernando II en Ciudad Rodrigo, aunque sufrió una tremenda derrota. En 1170 su padre le arma caballero, otorgándole mayores responsabilidades y convirtiéndole en su mano derecha y el comandante de sus huestes en numerosas campañas. Puesto que la alianza con León a través del matrimonio de su hermana Urraca no había surtido el efecto deseado, su padre buscó nuevas alianzas con el Reino de Aragón concertando su matrimonio con Dulce de Aragón, hija de la Reina Petronila de Aragón y el Conde Ramón Berenguer IV de Barcelona. Los esponsales tuvieron lugar en 1174 y la pareja tuvo al menos once hijos (nueve antes de la Batalla de Alarcos).
Denominado hasta el siglo XII como Reino de Pamplona o de Nájera – Pamplona por su formación alrededor de Nájera y el condado de Pamplona. El último rey no vinculado además con Aragón fue Sancho Garcés III «el Mayor», que reinaría entre 1004 y 1035 y fue padre (siendo aún soltero) de Ramiro I de Aragón, primero de este reino. En Pamplona le sucedería García Sánchez III «el de Nájera», hijo legítimo de su matrimonio con Muniadona de Castilla, y que añadiría Álava y parte del Condado de Castilla a sus posesiones. A este le sucedería su hijo Sancho Garcés IV «el de Peñalén», que fue asesinado durante una partida de caza y cuyo hijo menor de edad fue desplazado del trono por Sancho Ramírez de Aragón, hijo de Ramiro I, que aglutinó ambos reinos bajo su poder entre 1076 y 1094. Dos de sus hijos ocuparon el trono de los dos reinos después de él (Pedro I Sánchez «el Católico» y Alfonso I «el Batallador»)
Sancho VI «el Sabio» heredó la corona de su padre en 1150 en una situación poco halagüeña. El reino estaba empobrecido y amenazado constantemente por los reinos cristianos colindantes, especialmente León-Castilla y Aragón, que incluso llegaron a firmar en 1151 el Tratado de Tudilén por el que se repartían el territorio del Reino de Pamplona. Inmediatamente, Sancho VI juró vasallaje a Alfonso VII de León y acordó el matrimonio de su hermana Blanca con el primogénito del rey leonés. Esto le dio un poco de tiempo, pero enseguida recomenzaron las hostilidades con ambos reinos.
Sancho VII, que llegaría a ser conocido como «el Fuerte», fue hijo de Sancho VI de Navarra y Sancha de Castilla. Nació en 1154 y destacó siempre por su impresionante altura de más de dos metros y su fortaleza física. Heredó la corona siendo ya plenamente adulto y habiendo probado ya su valor como guerrero y líder en varias campa´ñas, y enseguida se pactó su matrimonio con Constanza de Tolosa, hija del Conde de Tolosa. El matrimonio debía tener lugar a finales de 1195.
Aragón, reino formado a partir del territorio del Condado de Aragón, cuya heredera Dña. Andregoto contrajo matrimonio con el rey García Sánchez I de Pamplona en 938, uniéndolo a este reino. Años más tarde, en 1035, Sancho III de Pamplona le entregó el gobierno del condado a uno de sus hijos naturales, Ramiro, y este anexionó pacíficamente los de Sobarbe y Ribagorza cuando su medio hermano Gonzalo murió. Tras el fallecimiento de su padre, Aragón se escindió de Pamplona y se constituyó en un nuevo reino, convirtiéndose el conde en su primer rey con el nombre de Ramiro I. Inmediatamente inició alianzas con los condados de Foix y de Urgel, estrechando lazos mediante matrimonios, y con su ayuda combatió a los musulmanes en la taifa de Zaragoza, perdiendo la vida en una de estas contiendas.
Alfonso II «el Casto» nació en 1157, hijo de Petronila I de Aragón y Ramón Berenguer IV. Quedó huérfano de padre a los cinco años y recibió de él la potestad regia para convertirse en heredero de todos sus territorios, mientras que su madre le donó los suyos en 1164 pese a ser aún menor. Por deseo de su padre, su tutor fue el rey Enrique II de Inglaterra y la regencia práctica fue llevada a cabo por un conjunto cambiante de nobles del reino. Pese a su corta edad, recibió en persona el vasallaje de todos sus territorios y recorrió el reino durante sus primeros años. En 1174, al alcanzar la mayoría de edad, casó con Sancha de Castilla, tía de Alfonso VIII, fue armado caballero y se puso al frente del gobierno de sus territorios. 






